25 de octubre de 2019

El intruso electrónico. Crítica en Caimám Cuadernos de Cine

En las últimas entradas de este blog se han ido mencionando una serie de reseñas, artículos y críticas del libro El intruso electrónico: La TV en el espacio arquitectónico, como los publicados en El País, La Provincia, Fotogramas, Imágenes de Actualidad y Dirigido por..., ahora hay que añadir la crítica que ha aparecido en el último número de la revista Caimán Cuadernos de Cine -una publicación cuyos contenidos se han comentado muchas veces en este blog- escrita por su director Carlos F. Heredero y que reproduzco a continuación:

Jorge Gorostiza, un riguroso historiador cinematográfico que viene de la arquitectura, se adentra esta vez en territorio virgen para hablar de los vínculos e interdependencias entre el aparato reproductor televisivo (su mueble, sus antenas, sus cables, su ubicación fuera o dentro del hogar) y el espacio de la vida cotidiana, las relaciones familiares y las determinaciones sociales condicionadas por aquel.
El feliz resultado, un estudio del reflejo de esas relaciones en los medios de comunicación y en la publicidad de la primera época de la televisión, nos ilustra cómo "los ámbitos arquitectónicos e la realidad fueron irremisiblemente afectados por la ficción que se había introducido en los espacios más íntimos y sagrados, transformándolos de un modo insospechado hasta entonces". Esta originalísima radiografía se enriquece con breves y pudorosas intrusiones en la memoria autobiográfica y familiar del autor, pero se ensombrece un poco por la descuidada y poco profesional edición de Newcastle (llena de erratas), frente a la que resiste bien, pese a todo, la brillantez del texto.

No puedo dejar de comentar que el único responsable de todas las erratas que hay en el libro soy yo, primero porque seguro que las cometí cuando escribí el texto y segundo porque me cuesta muchísimo volver a leer lo que he escrito y fui incapaz de corregirlo cuando me lo solicitaron desde Newcastle

23 de octubre de 2019

El intruso electrónico. Crítica en Dirigido por...

Hace unos días mencionaba en este blog la crítica aparecida en la revista Imágenes de actualidad sobre El intruso electrónico: la TV en el espacio arquitectónico, escrita por Óscar Brox. Por fin, después de más de medio mes, ha llegado a estas cada vez más lejanas islas, donde vivo, el número de octubre de la longeva Dirigido por... en el que se publica otra crítica del libro, también escrita también por Brox, que reproduzco a continuición:

Resulta evidente que la televisión ha ocupado un lugar determinante en nuestras vidas; al menos, hasta la irrupción del "streaming" y de otros servicios de entretenimiento que han propiciado su descentralización en el consumo de ocio. En este pequeño libro, editado formidablemente por la Fundación Newcastle, Jorge Gorostiza rebobina en el tiempo para colocarnos en el momento de irrupción del televisor. Para hablarnos de su impacto ya no solo sociológico, sino también espacial: cómo definió el consumo, la vida en el hogar y redefinió asimismo el aspecto exterior de las fincas con las voluminosas antenas. No en vano, acostumbrados a la radio, el medio dominante, la llegada de la televisión supuso un cambio de paradigma, así como la avanzadilla de ese ocio para consumo doméstico que definiría la segunda mitad del pasado siglo. Con un ojo puesto en sus propias vivencias, lo cual aporta un estimulante perfil biográfico, y otro en la bibliografía de la época, Gorostiza desgrana la emergencia del televisor a través de cada uno de sus atributos. Así, el comentario social convive con los aspectos tecnológicos que propició la rápida evolución de los electrodomésticos, y todo ello se encuentra con algunos interesantísimos apuntes arquitectónicos, punto fuerte de su autor, que consiguen trasladamos cómo se desarrolló un nuevo modelo cultural en plena época tardofranquista. Lejos de ser un hándicap, la brevedad del libro sirve para concentrar y concretar cada una de las ideas, permitiendo al lector, asimismo, profundizar más en la historia a partir de los documentos y textos que se citan a lo largo del libro. De ahí que esta aproximación de Jorge Gorostiza a la irrupción del televisor suponga una estimulante lectura para todo aquel interesado en conocer la forma en la que se gesta un modelo cultural y la manera en la que este se integra en el tejido social, ya sea a través del mar de antenas que coronan las fincas o con los muebles que transforman la distribución interior del hogar. Una pequeña joya, sin duda.

Hasta aquí esta crítica que ha sido la más larga hasta la fecha.

20 de octubre de 2019

El intruso electrónico. Crítica en Imágenes de actualidad

Tras haber aparecido artículos en los diarios La VerdadEl País y La Provincia, así como una reseña en la revista Fotogramas, en el número de la revista Imágenes de actualidad de este mes, Öscar Brox escribe la siguiente crítica sobre El intruso electrónico: La TV en el espacio arquitectónico:

El lector que conozca la trayectoria ensayística de Jorge Gorostiza estará al corriente de su interés la arquitectura y le espacio con el hecho cinematográfico. Sin embargo, el enfoque de su último trabajo parte de un detalle cuando menos curioso, el impacto cultural que tuvo la llegad del televisor a nuestra sociedad. Gorostiza parte de su propia experiencia familiar, a comienzos de la década de los 60, para desarrollar su exposición alrededor de de la eclosión de la TV. De una televisión que descompone en sus atributos, tanto en lo que respecta a los modelos como las conexiones, las emisiones o el singular aspecto de las entenas que poblaban las azoteas de las ciudades. Con ello, Gorostiza busca razonar cómo se gestó un cambio de paradigma cultural, dado que hasta ese momento el medio hegemónico era la radio,y de qué manera la llegada del aparato televisivo condicionó la distribución doméstica, la velocidad de lectura de las imágenes y la comunicación en tiempos en que la sala de cine detentaba la potestad de la imagen en movimiento. Gran parte del atractivo del libreo radica en cómo su autor conecta el comentario social, repleto de reseñas e impresiones de la época, con el desarrollo de un modelo cultural cuyas sucesivas modificaciones lo han mantenido presente en nuestra forma de relacionarnos con la imagen. De ahí que la lectura de esta obra breve sea de lo más recomendable, en tanto que nos permite trazar una historia doméstica de la aparición del televisor, al tiempo que en paralelo arma una reflexión sobre su papel como medio y mediador cultural en el hogar.

Hasta aquí la crítica de Óscar Brox en Imágenes de actualidad de octubre.

12 de octubre de 2019

El intruso electrónico. Reseña en Fotogramas

Aunque parezca increíble, hoy día 10 de octubre ha llegado a los quioscos de la isla donde vivo la revista Fotogramas que se pudo comprar en el resto de España hace diez días, parece increíble que esto suceda hoy en el siglo de las comunicaciones. 
Sin embargo, no solo escribo esta entrada del blog para elevar una queja sin respuesta, sino sobre todo, para mencionar la reseña que ha hecho Conrado Xalabarder -aprovecho para recomendar su web MundoBSO- en esa revista sobre El intruso electrónico: La TV en el espacio arquitectónico en su sección de libros:

«Arquitecto y cinéfilo, Jorge Gorostiza desarrolla el impacto que tuvo la televisión en la vida familiar y en la sociedad incluyendo la transformación del mobiliario doméstico y urbano. Aborda los afectos como los desafectos que generó y cómo ayudó a trasladar a la gente a lugares donde se decidía el pulso de los acontecimientos, pero también como introdujo en los hogares la publicidad y el cine».

Esta es la reseña publicada en una revista que leo desde hace más de treinta años y que me ha ido acompañando desde que era mucho más joven e indocumentado.

4 de octubre de 2019

Microtopía, otras formas de habitar

Recientemente ha aparecido el número 39 de la colección arquia/documental, editado por la Fundación Arquia, una colección cuya evolución se ha ido comentando en este blog, siempre con admiración por el trabajo que se está haciendo para dar a conocer lo que hacen los arquitectos y la arquitectura en general, en uno de los momentos en que la profesión está pasando por otra de sus sempiternas crisis.
Este último documental editado es Microtopía, dirigido por Jesper Wachtmeister en 2013, con su productora Solaris, de esta misma empresa y ese cineasta ya se había publicado en arquia/documental Kochuu del 2003.
La mayoría de las películas de esta colección están dedicados a un solo arquitecto, sin embargo, en esta aparecen nueve profesionales que tienen en común sus propuestas de viviendas singulares. La primera por orden de aparición es la arquitecta Jennifer Siegal, que transforma contenedores en casas; los siguientes son Jay Shafer que con su empresa Tumbleweed construye minicasas de madera sobre ruedas; Richard Sowa y su bamboleante isla soportada por palés bajo los que coloca recipientes de plástico, con la que pretende afrontar la difícil tarea de navegar por el océano; el arquitecto, filósofo y escritor Aristide Antonas y sus habitaciones sin techo montadas en plataformas elevadorasel ex fotógrafo de moda John Wells en su casa aislada y al parecer autosuficiente, en medio del desierto, comunicándole sus andanzas al mundo a través de su blog; Stéphane Malka, con su estudio Malka Architecture, que incrusta sus propuestas -afortunadamente solo propuestas- en medio de la ciudad; el escultor holandés Dré Wapenaar del que se muestran unas tiendas de campaña colgadas de árboles, que quieren ser tan respetuosas con el medio ambiente que no tocan el suelo, aunque no se enseñan las marcas que dejan en los troncos; Ion Sorvin con el colectivo de artistas daneses N55 con su sistema caracola y la casa con aspecto de módulo lunar con chimenea que camina con dificultad sobre patas hidráulicas; y por último Ana Rewakowicz con su vestido-casa para indigentes. Cada una de las intervenciones finaliza con un plano en "time-lapse" de las propuestas, como si se intentase anclarlas a un tiempo como el nuestro que cada vez es más volátil. Es significativo que, a pesar de lo que decía l principio sobre la difusión del trabajo hecho por los arquitectos, solo dos los profesionales entrevistados lo sean. Por último, hay una incógnita en la mayoría de las propuestas, si sus usuarios se van a bañar, y si es así dónde van a hacerlo. 
Como los anteriores números de esta colección, este también incluye un libro, esta vez escrito por Manuel Gausa, que en este caso es un complemento perfecto para la película, porque centra este tipo de propuestas y las contextualiza. Se puede decir lo mismo de Microtopía que como finalizaba el comentario sobre Kochuu«un documental correcto, realizado sin alardes, de forma funcional, pero efectiva».

15 de septiembre de 2019

El intruso electrónico. Artículo en La Provincia

Ayer se publicó en el diario grancanario La Provincia, un artículo de Claudio Utrera titulado «La pantalla dominante»  que reproduzco a continuación: 

Bajo la firma del arquitecto, historiador y ensayista canario Jorge Gorostiza (Santa Cruz de Tenerife, 1956), escritor prolífico y especialista en el estudio de los vínculos intertextuales entre el cine y la arquitectura, aparece estos días en las librerías españolas su último trabajo de investigación con el título El intruso electrónico. La TV en el espacio arquitectónico, publicado por la editorial murciana Newcastle Ediciones dentro de su serie Écfrasis. Y aunque el tema no forma parte "stricto sensu" de los materiales que habitualmente conforman su especialidad, el rigor que aplica el escritor en la consecución de sus objetivos convierte su primera incursión en el ámbito del fenómeno televisivo en un ameno y revelador ensayo donde cualquier lector interesado por el tema podrá encontrar razones sobradas para sumergirse a fondo en sus 154 páginas y extraer de ellas sustanciosas conclusiones, algunas, por cierto, tan poco aleccionadoras como la del devastador protagonismo que ha ejercido, y ejerce en la actualidad, en todos los órdenes, la TV sobre las vidas de millones de individuos  en todo el mundo. 
En cualquier caso, y como destaca el propio autor en la introducción del libro “Este texto constituye el resultado de un estudio aún en desarrollo sobre las relaciones de los espectáculos con la arquitectura que, como muchos  otros, surgió de un modo fortuito… Una investigación sobre cómo se han ido desarrollando  modificaciones en la arquitectura a causa de los espectáculos que ha albergado, primero solo con el sonido del fonógrafo y la radio, después junto a la imagen en movimiento del cine no profesional y por último con la unión del sonido e imagen gracias a la televisión. Un esbozo preliminar de este estudio se plasmó en el artículo La televisión y el castillo de cartón, publicado en la revista de arquitectura Metalocus, en un número especial para el que se pidió a varios arquitectos que escribieran sobre un elemento de las viviendas”. 
Así pues, no existe la menor duda acerca de las líneas de fuga sobre las que cabalga Gorostiza en su propósito de abrir las compuertas que le permitan interpretar el universo de las artes, y de los medios de expresión en su conjunto, desde el prisma de la arquitectura, un prisma tan apasionante como revelador de la teoría, tantas veces injustamente denostada, de los vasos comunicantes que interrelacionan los ámbitos más diversos de la creación y que desvela una vez más las corrientes de pensamiento que los vinculan entre sí. El tema es verdaderamente complejo y requiere mucha más atención de la que le han prestado hasta ahora sociólogos, críticos, historiadores y semiólogos, especialmente en nuestro país, ante la demonización sin matices al que ha sido sometido el medio desde que se descubrieran sus demoledores efectos en la capacidad crítica de los sectores menos ilustrados  de la población. 
El análisis que propone el escritor contempla además un pormenorizado examen de la función que cumple la presencia de los receptores en los diversos espacios en los que se los ubica. Es una obviedad que dicha presencia no sólo no es fruto de la arbitrariedad de nadie sino de una necesidad imperiosa de encontrarle un cierto sentido escenográfico en relación con la composición integral de cualquier escenario, privado o público, en el que dichos receptores suelen instalarse. De este modo, el libro abre nuevas puertas a la comprensión y al entendimiento de ciertos aspectos, esenciales sin duda, sobre la composición y consiguiente resignificación del espacio en función de la utilidad de cada elemento que la compone. 
El libro, que el pasado jueves fue presentado en la veterana librería madrileña 8 ½, recoge, además, un puñado de reflexiones sobre el impacto emocional que la llegada de la TV provocó entre los primitivos usuarios del invento en las sociedades acomodadas -y las no tan acomodadas- de las décadas de los años cincuenta y sesenta, tanto en el ámbito  estadounidense como en el europeo, y sin excluir naturalmente al español, cuando el mundo asistía a la puesta en marcha de uno de los instrumentos de comunicación más populares, controvertidos e influyentes de la historia  contemporánea y cuya implantación en nuestro país, como no podía ser de otra manera tratándose de un escenario político fuertemente controlado por una de las dictaduras más reaccionarias de la época, tardaría bastantes años más en producirse. 
Naturalmente, tal retraso supuso para España la desconexión -una más- del proceso de modernización que impulsó el nuevo invento en las sociedades democráticas del mundo al término de la Segunda Guerra Mundial y que fueron fraguando una nueva cultura de marcado sesgo popular en torno a un terreno inexplorado hasta entonces por los "mass media" pero cargado de mucho futuro, como ha quedado bien patente a lo largo de las últimas cuatro décadas con la proliferación de todo tipo de cadenas de producción y el crecimiento exponencial de una industria sobre la que convergen los intereses más disímiles.
Hoy la televisión es un artefacto de uso común para la inmensa mayoría de los hogares de todo el mundo y un acompañante omnipresente en bares, clubes, autobuses, salas de espera, cuarteles, piscinas públicas, hospitales, y restaurantes, así como en un largo etcétera de espacios públicos y privados donde exista algún rincón en el que pueda ubicarse y telespectadores que la consuman. Su presencia conforta, acompaña, divierte y genera, y eso es lo peor, grandes nidos de dependencia entre los sectores de población más vulnerables a los metalenguajes promocionales y reduccionistas que emplea el medio para fidelizar a un público escasamente familiarizado con el espíritu crítico que debería presidir la actitud intelectual de cualquier espectador.  
Pero antes de su completa incorporación al orden natural de nuestras vidas, antes incluso de que se transformara en uno de los ejes cruciales de la comunicación moderna, la TV irrumpió en nuestro entorno con un claro objetivo: convertirse en una de las fuentes de divulgación informativa y de ocio más preclaras, adictivas y eficientes del siglo XX. Y a fe que lo han conseguido, y con creces, pues si consultáramos a los usuarios más compulsivos del medio, es decir, aquellos que no conciben sus vidas sin la compañía más o menos cercana y permanente de uno o varios de estos aparatos en sus hogares, ninguno albergaría la menor duda acerca del papel que estos han desempeñado -y desempeñan- en el curso del tiempo desde el momento en que cayeron presa de sus potentes poderes adictivos.

Hay que hacer una única aclaración, el libro no se presentó el jueves, sino el viernes 13 en la librería mencionada.

16 de agosto de 2019

El intruso electrónico. Artículo en El País

Hoy se ha publicado en la sección «Pantallas» de El País un artículo escrito por Natalia Marcos y titulado «Cuando el televisor llegó a casa: Un ensayo repasa los cambios arquitectónicos que supuso la aparición del medio catódico», sobre El intruso electrónico, se nota que su autora ha leído el libro a fondo y me entrevistó preguntando e incluso aportando cuestiones muy interesantes, por ello lo reproduzco a continuación: 

El 28 de octubre de 1956 se iniciaron las retransmisiones de TVE. A partir de entonces, en las casas españolas empezó a ser habitual encontrarse con ese electrodoméstico que abría una ventana al mundo exterior y que pronto se convirtió en uno más de la familia. La televisión llegó para revolucionar la sociedad, la cultura... y el espacio doméstico. Su llegada planteó problemas en el día a día como dónde situarla y cómo reorganizar los muebles de la habitación en la que se ubicaba.
Esa relación de la televisión con la arquitectura es la que plantea Jorge Gorostiza en su ensayo El intruso electrónico. La TV en el espacio arquitectónico (Newcastle Ediciones). Para ello, el arquitecto y escritor ha recurrido a artículos y anuncios publicados en la prensa nacional e internacional hasta la década de los sesenta. El resultado de esa investigación se intercala en los recuerdos de su infancia y juventud, como esas sombras que se colaban en ocasiones en la emisión de TVE en el televisor de su casa de Tenerife y que eran interferencias de las emisiones africanas, o el retraso de 24 horas con el que llegaban las retransmisiones deportivas a Canarias.
Eran años en los que la familia (y amigos y conocidos) se reunían en torno al nuevo electrodoméstico para ver lo que echaban. "La televisión es lo más grande que le ha ocurrido a la familia americana desde el automóvil. Donde hay televisión, hay gente", decía un anuncio de Motorola de 1950. "En mi casa, la televisión supuso un choque al principio. Pero luego fue bastante decepcionante porque nos seguía gustando mucho más el cine", cuenta Gorostiza a EL PAÍS. "Lo primero que se emitió en Canarias fue un discurso que se me hizo larguísimo, luego Bugs Bunny y luego, El llanero solitario. Y me pareció horrible porque sabía que iba a ser en blanco y negro pero esperaba algo con la definición del cine y nada que ver, tampoco se oía bien...", recuerda el autor de aquellos primeros pasos de la televisión en su casa.
La aparición del televisor planteó cuestiones como el diseño de los mismos o de los muebles en los que se colocaban. Televisiones que se escondían en un armario, se ponían en una mesa con ruedas, aparatos portátiles para llevar a otras habitaciones o fuera de la casa... Un mundo de posibilidades que los diseñadores y arquitectos desarrollaron o imaginaron.
Además del efecto del televisor en los hogares, el volumen repasa el cambio que supuso en el paisaje de las ciudades la aparición de antenas por doquier o cómo la ley sobre antenas colectivas de 1966 destacaba que "actualmente los inmuebles suelen ya presentar un anárquico y deplorable aspecto debido al bosque de antenas de televisión que los coronan". Otro de los capítulos recupera mitos que surgieron en torno a la televisión, como sus peligros físicos y morales: desde problemas en la vista hasta epilepsia o adicción. "Hubo una información en un periódico de Sevilla que recoge que los andaluces se quejaban de que pusieran televisores en los bares porque no les dejaban hablar", recuerda Gorostiza de las curiosidades que ha encontrado en su investigación. O aquella nota de la agencia Alfil publicada en ABC en 1960 que dejaba constancia de la muerte de un espectador mientras veía, por televisión, un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona, algo inaudito entonces.
Ahora, cuando las pantallas son cada vez más grandes en los hogares y, al mismo tiempo, cada vez más pequeñas en nuestros bolsillos, no es raro encontrarse con predicciones sobre la muerte de la televisión y del consumo tradicional, a una hora determinada, sentados en el sofá. Gorostiza no cree que la tele tradicional vaya a desaparecer, pero sí señala la evolución natural de los espectáculos: "el cine proyectado en los cines casi está desapareciendo. Lo mismo ocurrió con el teatro cuando llegó el cine, antes había teatros estables con funciones casi todos los días en la mayoría de capitales de provincia. La televisión normal también la están matando, entre comillas, los nuevos dispositivos. Pero no creo que sea malo, es una cosa natural".

Hasta aquí el artículo de Natalia Marcos.

12 de agosto de 2019

El intruso electrónico. Entrevista en La Verdad

Esta mañana se ha publicado en el diario La Verdad de Murcia una entrevista titulada «No somos esclavos de nada», que me hizo Gema Moreno hace unos días, por la aparición de El intruso electrónico: La TV en el espacio arquitectónico, publicado por la editorial Newcastle y del que hablé en la anterior entrada de este blog. La reproduzco entera, porque creo que puede ser interesante:

Una familia reunida delante del televisor. Todos callan y se limitan a absorber la escasa programación que les escupe la televisión. Esta es una de las potentes imágenes que se reflejan en el libro del arquitecto y pensador Jorge Gorostiza El intruso electrónico. La TV y el espacio arquitectónico, publicado por la editorial murciana Newcastle, dirigida por Javier Castro. Amante del cine y la arquitectura, de niño se descubrió envuelto en un arrasador huracán de cambio que terminaría trastornando todo su mundo por culpa de un hipnotizante aparato. «De repente la ciudad comenzó a adaptarse a este nuevo intruso, aparecieron los teleclubs, la estética de los edificios se modificó, se implantaron antenas e incluso cambió el interior de los hogares para dejarle hueco», explica Gorostiza a La Verdad
La pequeña pantalla se convirtió rápidamente en el miembro predilecto de la familia, sirviendo como espacio de reunión para vecinos y amigos. «La televisión logró que viniera más gente a mi casa», relata el autor canario en su libro.
Este lugar de convivencia que, en el caso del arquitecto solía estar repleto de las voces que protagonizaban los cuentos de su abuelo y las películas que le contaba su padre, pasó a colmarse de silencio aunque, según asegura, sin suponer ello un perjuicio para la familia: «Tampoco hay que darle tanta importancia a la reunión y a la conversación porque había casos en los que sí que era interesante lo que se hablaba y se aprendía de ello, pero también había otros en los que no. Además, pienso que si alguien quiere comunicar algo lo va a hacer haya televisión o no», asegura Gorostiza.
Su padre también era un gran partidario de este invento y defendía la armonía que reinaba en el hogar cuando la televisión iluminaba el salón: «Muchas veces decía que de esta forma estábamos reunida toda la familia mientras que antes cada uno estaba en su cuarto leyendo».
Gorostiza afirma que la televisión despojó a la casa de ese aire de castillo o fortaleza que protegía a la familia de modo que todo girase en torno a ella. Sin embargo, considera innegable que este poder le ha sido arrebatado hoy. «Todo ha cambiado. Creo que precisamente es un buen momento para escribir sobre los orígenes televisión porque esta, tal y como la habíamos conocido, ha desaparecido».
La irrupción de las nuevas plataformas digitales y de las pantallas inteligentes ha transformado indudablemente el modo de consumir los productos audiovisuales. Aunque, según explica, no es la primera vez que esto ocurre: «Ha cambiado la actitud del espectador frente a este aparato, ahora la televisión se ve con el móvil en la mano y con el cine ya sucedió lo mismo. Antes tenías que salir fuera del cine a comer y ahora a nadie le parece raro comprar palomitas en la misma entrada. Yo soy muy optimista, creo que las cosas ahora son mejores». 
En la actualidad se ha llegado a pronosticar la muerte de la televisión al contemplar el avance irrefrenable de las innovaciones tecnológicas como las tablets, móviles y portátiles, que han acaparado a los espectadores y arrasado con los índices de consumo. Gorostiza apoya al aparato al que guarda tanto cariño y que puso su mundo patas arriba permitiéndole ver por primera vez las películas que tanto le había contado su padre. «También se auguró el final del cine con la llegada de la televisión y no ha sido así. No desaparecen, se transforman». 
El amor al cine de este arquitecto se remonta a la película Casablanca, una de aquellas tantas historias que su padre le contaba cuando era pequeño: «Cuando se emitió Casablanca por la televisión, yo ya me sabía frases casi enteras». Fueron sus primeros coqueteos con el mundo audiovisual y lo que le llevaría más tarde a apasionarse por el cine, aunque siempre respetando su consolidada relación con la arquitectura: «Hay muchísima relación entre ellas dos, a pesar de que no lo parezca son muy compatibles el cine y la arquitectura. Los cineastas saben guiar, imaginar y los arquitectos sabemos construir. Como arquitecto me parece muy interesante lo que nos pueden enseñar los cineastas sobre arquitectura». 
La televisión no siempre ha sido vista con los buenos ojos que tiene el arquitecto para ella y es que, a la denominada durante años como «la caja tonta», se la llegó a considerar perjudicial para la salud durante mucho tiempo. Incluso se inventaron multitud de bulos sobre ella. Este autor compara ese tipo de actitudes recelosas ante los avances tecnológicos con aquellas que persisten en otros aparatos en la actualidad: «Con las imágenes de la televisión pasó lo mismo que ha sucedido ahora con las ondas de los móviles. Se comenzó a decir que producían daños cerebrales. Posiblemente no sean buenas pero los beneficios que trajo la televisión son superiores a los malos que ha traído a la sociedad».
Al final, ya sea el televisor, los nuevos dispositivos o el cinematógrafo de los hermanos Lumière, todos comparten la misma y asombrosa particularidad: la atracción irremediable que nos procura la imagen en movimiento y que consigue atraparnos durante horas y horas delante de una pantalla. Gorostiza no titubea a la hora de señalar al culpable: «Hay personas que tienen especial predilección para dejarse encandilar por cualquier cosa. Alonso Quijano se volvió loco leyendo novelas de caballerías. La culpa es suya por tener esa predisposición para volverse adicto. Yo no creo que las cosas te atrapen sino que te dejas atrapar. No somos esclavos de nada» sentencia el arquitecto.
Con este tipo de deliberaciones comenzó el canario a tejer el profundo análisis que abarcaría su obra sobre la transformación que supuso el televisor, ya no solo en la sociedad misma, sino en la propia arquitectura española. la primera punzada que desató la imaginación de Gorostiza y que hilaría este complejo estudio puede llegar a sorprender a más de uno: «La idea que me llevó a escribir este libro surgió leyendo como era la cama del fallecido dueño de Playboy, Hugh Hefner, que tenía un proyector, un tocadiscos y pensé en cómo los espectáculos domésticos en general transformaron las casas y la arquitectura».
El cómo serán las casas del futuro continúa siendo un misterio, aunque el autor, positivo, se atreve a pronosticar alguna pincelada: «Quizás incluso las paredes sean pantallas y las habitaciones se convertirían en grandes salas de proyección, pero a la vez habrá una estantería con libros. Pero no será como hemos visto en la ficción, eso seguro», afirma.

Hasta aquí la entrevista.

13 de julio de 2019

El intruso electrónico. La TV en el espacio arquitectónico

En diciembre de 1963 mi padre compró un televisor alemán de la marca Körting, algo que en principio no parece extraño, si no fuera porque en Canarias, donde vivíamos, aun no habían comenzado las emisiones de la televisión, por lo que a veces lo encendíamos, nos sentábamos delante de él y nos poníamos a ver una nieve en blanco y negro, que parecía caer sin descanso, haciendo un ruido parecido al de los alimentos cuando se fríen en la sartén.
El aparato llegó a casa en una caja de cartón, que a mí me pareció enorme, mi padre, que era bastante habilidoso, la recortó y me construyó un castillo para que jugara con mis "soldaditos", tenía dos torres, almenas, ventanas e incluso un puente levadizo que se elevaba y bajab con unas cadenas unidas a un lápiz en el que se enrollaban.
Entonces vivíamos en un pequeño piso alquilado, en la tercera planta de un edificio vagamente racionalista, que aún está en la calle de la X, número 1, puerta 22, como si fuera una quiniela, y el castillo se puso en una habitación de paso que hacía de comedor, gracias a una mesa plegable que se abría todos los días para almorzar, era evidente que el castillo no podría durar mucho, porque estorbaba; según mi padre, Carlos, un amigo mío, se cayó encima y lo destruyó, pero no lo recuerdo, más bien creo que se eliminó para dejar sitio. La verdad es que no lo lamenté demasiado. Posiblemente no recordaría el castillo si mi padre antes de romperlo, no me hubiera sacado una fotografía con él, me parece recordar que un domingo por la mañana, yo acababa de cumplir siete años y en el colegio los curas me habían dicho que ya tenía "uso de razón".
Cincuenta y seis años después, esa fotografía, ocupa parte de la cubierta de un libro, reproducido aquí arriba. Estoy seguro que mi padre jamás lo hubiera supuesto y yo tampoco, pero ha sido una elección muy acertada del editor de Newcastle Ediciones, Javier Castro Flórez, gracias a quien he podido escribirlo. Ahora me cuesta mucho decir algo más sobre este libro, por eso, para explicar de qué trata, lo mejor es reproducir la versión "extendida" del texto que aparece en la solapa posterior:
Hoy en día ha cambiado radicalmente el modo como recibimos las imágenes en movimiento, ahora ya no llegan solo a través de las pantallas cinematográficas y de la televisión, sino también por otros medios, sobre todo, el ordenador y el teléfono móvil, usados por todos individualmente, sustituyendo a los anteriores medios colectivos. El telespectador ya no tiene por qué ser un sujeto pasivo que soporta lo que emiten las cadenas, ahora puede elegir su propia programación, gracias a que el televisor también se ha convertido en el receptor de lo emitido por otros dispositivos, como si se tratara de una pantalla cinematográfica. A pesar de ello, el receptor de televisión sigue siendo un artefacto con el que todavía convivimos en todas las casas y en la mayoría de los establecimientos públicos. En este momento de cambio es fundamental recordar y analizar qué sucedió entonces, cuando apareció este artefacto, convirtiéndose en un intruso que afectó tanto a la vida de todos los ciudadanos, como a los lugares donde se instaló. En este libro se reflexiona sobre este hecho, sobre la poderosa influencia de este extraño, primero en los ámbitos domésticos, que comenzó con algo que parece simple, pero que no lo era, la elección del lugar donde debía estar el receptor; su impacto fue tan enorme que además logró modificar el paisaje urbano de todas las ciudades a causa de las antenas que florecieron en las cubiertas de los edificios; una vez instalados, los propios televisores, ya fueran fijos o portátiles, habían de cumplir su función y además eran unos muebles que se incorporaron a la decoración doméstica, surgiendo el debate si debían ocultarse o dejarse a la vista; la televisión también afectó a las personas, que se convirtieron en telespectadores y hubo que buscarles el sitio adecuado para poder cumplir su función pasiva delante de los receptores; el intruso también causó el temor que provoca lo nuevo, generando reticencias y vaticinándose todo tipo de riesgos, que afectaron a los ámbitos donde se colocaban los receptores; los programas que se emitían provocaron que por primera vez la ficción irrumpiera con ímpetu en ámbitos antes inéditos, causando efectos insospechados; y todos ellos no solo se produjeron en los ámbitos domésticos, sino también en otros espacios ajenos hasta ese momento a la recepción de imágenes en movimiento y en otros creados para el nuevo medio como los teleclubs. El autor vivió todos estos cambios, por lo que es inevitable que sus experiencias, así como los testimonios de otras personas de su edad, se conviertan en referencias ineludibles para aportar un punto de vista personal, que sirve para complementar datos de las fuentes escritas, compuestos por informaciones y anuncios publicitarios, que hoy resultan anacrónicos, pero fueron fundamentales para el desarrollo de la sociedad en ese momento.

Las emisiones de televisión comenzaron en Canarias en febrero de 1964, a partir de ese momento nunca hemos vivido sin ese intruso que entró en nuestras casas y aún no las abandonado.
El intruso electrónico se presentará a mediados de septiembre en Madrid, ya está a la venta a través de la red en este enlace, además se ha distribuido en librerías de toda España y la lista completa puede consultarse en la página web de su distribuidor Liberantes y además solo cuesta nueve euros.

27 de junio de 2019

Bitácora de arquitectura, 40

Cubierta de la revista 
Hace unas semanas me llegó el número 40 de Bitácora Arquitectura, una revista que lleva editando la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México desde el año 1999. Este último número está dedicado a las relaciones entre el cine y la arquitectura, con once artículos que abordan muchos temas diferentes y que muy resumidos son los siguientes: análisis de Roma, el arquitecto en El manantial, la casa Arpel de Mi tío -un artículo muy interesante de Antonio Pizza-, el cine y Mies van der Rohe -en la primera parte de un texto, que deja al lector con ganas de seguir leyéndolo, como sucede en los culebrones-, el espacio heterotópico, la ciudades de México y Monterrey en el cine mexicano, la ciudad neorrealista en Ladrón de bicicletas -parte de la investigación que desarrolla o desarrolló Federico Colella, para su tesis doctoral dirigida por Luis Antonio Gutiérrez Cabrero-, la ciudad monstruo y por último el texto «Desde el cielo y en descenso hasta el monumento. Ciudades en principios de películas», del que soy autor. No se debe olvidar la Editorial con la que empieza el número, escrita por Cristina López Uribe, que centra el debate actual sobre las relaciones entre cine y arquitectura.
El diseño de la revista está muy cuidado y da gusto poder tener ejemplares en papel entre las manos; lo curioso es que además de estos ejemplares físicos, los editores de la revista han demostrado una gran generosidad, porque también se puede acceder a todos los artículos en la red, concretamente en este enlace.
Aprovecho para hacer una corrección, al final de mi artículo parece que se me atribuye la pertenencia al GIRAC, Grupo de Investigación Reconocido Arquitectura y Cine, de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Valladolid, lo que no es cierto, ya he escrito en este blog sobre este grupo cuyas actividades sigo y que está realizando unos trabajos muy importantes, pero insisto en que no soy uno de sus miembros. 
Para finalizar como empecé, les aseguro que acabo de recibir este número de la revista y que escribí mi artículo en este año 2019, aunque la fecha oficial, la que está impresa, es julio - septiembre de 2018... seguramente a causa de algún misterio burocrático - universitario.
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