18 de abril de 2010

Entre arquitectos anda el cine

Los domingos son días propicios para hacer limpieza de papeles y rebuscar en carpetas olvidadas. Hoy encontré un recorte de la última página del diario grancanario Canarias 7 del miércoles 15 de noviembre de 1995, del que reproduzco una parte -porque reconozco que no me cabe entero en el escaner- donde se puede ver una estupenda foto de José Isidro, en la que aparece aquel que fui hace ya muchos años. Lo realmente interesante de este artículo es su texto cuyo autor es uno de los mejores escritores españoles actuales, Ezequiel Pérez Plasencia, quien ha publicado hace unos meses una magnífica novela El orden del día.
Un texto lleno de acertadas reflexiones sobre Peter Greenaway y un tiempo ya pasado que nos ha llevado a este presente donde parece que no conseguimos aprender de los errores cometidos entonces.
Supongo que a Ezequiel no le importará que reproduzca su interesante texto, por eso lo copio a continuación:

Esta es la historia de una llama doble por decirlo como Octavio Paz, una pasión por la arquitectura y el llamado séptimo arte que materializa cuando Jorge Gorostiza recibe el encargo de escribir un texto a raíz de un ciclo de cine. Corría 1990 y este arquitecto se adentraba en la crítica cinematográfica desde las páginas de los diarios tinerfeños con la autoridad otorgada por esa especie de amor furtivo que sienten algunos profesionales hacia otras disciplinas aparentemente alejadas de sus labores cotidianas. Desde entonces, compagina su trabajo en la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife con el amor por el cine.
Este tipo sumamente amable de ojos claros y mirada franca es el primer crítico canario que publica un libro de cine bajo un sello peninsular, concretamente en la colección Signo e Imagen de la prestigiosa editorial Cátedra. Se trata de un estudio de la obra y vida de Peter Greenaway, cineasta británico tan atípico como controvertido. «Es un director complicado porque no hace un cine narrativo, como suele hacerse, no cuenta historias, y además está contra ese cine narrativo y lineal. Podemos hacer una similitud: si las películas normales son novelas, las de Greenaway son ensayos o poesía», comenta Gorostiza. Y sin duda el excéntrico director de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante es uno de esos sujetos cuyas películas son «carne de tópico: se aman o se detestan, sin término medio».
Y es que Greenaway es un director al que desde los mass media se «acusa» de edificar una obra «fría e intelectualmente exhibicionista», lo cual, dicho sea de paso no es precisamente un agravio pero sí algo parecido a desprecio, sobre todo en este fin de siglo en que las páginas de periódicos y las cámaras de televisión han acogido y bendecido una suerte de papanatismo amarillo que dicta modas y gustos. No hace falta ser un lince para percatarse de que en este ámbito reina hoy una subcultura light, vulgar y mediocre de la cual ha sido excluido el derecho a la diversidad.
El propio cineasta es consciente de esa marginación y ha respondido con naturalidad: «No puedo hacer cine fácil, no soy así; lo dejo para otros como Scorsese. Se dice que soy intelectual, y eso no me molesta. Es verdad que las actividades intelectuales son un placer para mí. Amo reflexionar y discutir cuestiones abstractas, amo afrontar un problema lingüístico o literario». La afinidad por la transgresión y lo diferente sedujo a Jorge Gorostiza y acometió la tarea de desentrañar la obra de Greenaway.
Durante un año, el autor de la monografía localizó y estudió todas las entrevistas en que el cineasta explica sus películas y su manera de entender el cine. «La indagación me ha deparado muchas horas de placer por la suerte de compartir algunos gustos con el director, como releer a Borges, regresar a temas esotéricos o recuperar la mitología griega», confiesa Gorostiza.
El resultado es un riguroso y ameno libro de trescientas páginas donde se desmenuzan las entregas más características de esta figura del nuevo cine británico: El contrato del dibujante, Conspiración de mujeres, El vientre de un arquitecto, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Los libros de Prospero y El niño de Mâcon. A la manera de algunos inteligentes autodidactas que van de un autor a otro sin imposiciones mediáticas o actitudes predeterminadas, Greenaway concibe su obra como un todo, un cuerpo u objeto artístico en continua elaboración. En sus películas no aparece el clásico The end. Y algo parecido le sucede a Jorge Gorostiza en su quehacer como crítico y estudioso, puesto que ahora participa en la elaboración de un diccionario de la Academia de Cine y en la composición de un libro para la Filmoteca Española sobre la historia de la escenografía.
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