19 de marzo de 2009

El corto, un cuento.

El artículo siguiente me lo solicitó Iván López para la revista del Instituto de Estudios Hispánicos. No trata sobre cine y arquitectura, pero creo que puede ser interesante y que, sobre todo es un homenaje a todos esos cortometrajistas que, con tesón y afición, dan lo mejor de sí mismos, para todos ellos mi mayor admiración y respeto.Madrid, 21 de mayo de 2004, unos días antes de la Boda Real. 8 1/2 (sin duda la mejor librería de cine de Europa), presentación de Rodajes en Canarias, Tomo I, editado por la Filmoteca Canaria. Yo estoy hablando con el gran José Manuel Cervino, llega el director Guillermo García Ramos y se lo presento añadiendo «cortometrajista», mientras lo estoy diciendo ya estoy cayendo en mi propio error, pero me alegro, porque le doy pie a José Manuel para que, con su increíble voz, inicie una de sus estupendas disertaciones, en la que me reprocha de forma cariñosa, haber calificado a Guillermo con ese adjetivo y termina preguntándome si en el caso de haberle presentado a Anton Chejov, lo hubiese llamado «cuentista», en vez de Novelista con mayúscula.
Ya lo sabía, Cervino tenía razón como casi siempre. Es evidente que crear un cuento es a veces mucho más difícil que escribir toda una novela y hay muchos relatos infinitamente mejores que novelones de muchas páginas.
Lo mismo pasa en el cine. Prefiero un buen corto a un largo tedioso, sobre todo, por una perogrullada, porque el cortometraje es más breve y acaba antes, ahorrando al espectador sufrimientos innecesarios.
El corto es como un cuento, pero no en la acepción dada por el Diccionario de la Real Academia de esa palabra como embuste o engaño. Es complicado que los cineastas dedicados al cortometraje «vivan del cuento», y aunque a veces tienen «mucho cuento», deberían «engañar» más al espectador y, sobre todo, sorprenderlo, con algo tan sencillo -y a la vez difícil- como contar bien una buena historia.
Todo el mundo sabe que los directores consagrados, aunque hayan empezado rodando cortometrajes, no vuelven a hacerlos, salvo si son encargos bien remunerados para la televisión. La excepción es Peter Greenaway que considera al corto un medio de expresión tan válido como el largo, porque sólo le interesa la duración de sus películas relacionada con aquello que quiere contar.
En Europa el cortometraje se ha convertido en la carta de presentación de los jóvenes para poder acceder a la brutal industria cinematográfica, esta peculiaridad y la competencia feroz con sus compañeros, les obliga a ser cada vez más imaginativos y a contar con medios más profesionales. Lo significativo es que con frecuencia, cuando por fin entran en esa industria, los productos que realizan son muy decepcionantes comparados con sus anteriores trabajos.
En Canarias, sin olvidar las interesantes películas que hicieron los miembros del Yaiza Borges para una televisión que entonces apostaba por una producción canaria arriesgada, en los ochenta hubo un auge de producciones de directores como Toledo, Fernández-Caldas, Fresnadillo, Koppel… que gracias a estupendos técnicos -como los hermanos Sánchez-Gijón, Juan Antonio Castaños, Jaime Ramos, Papi, Roberto Ríos… y otros muchos-, demostraron que los jóvenes cineastas canarios tenían una imaginación y un oficio extraordinarios, basta recordar la cantidad asombrosa de premios nacionales y extranjeros obtenidos por sus películas.
Una parte de aquellos cineastas emigraron a la Península, pero han aparecido nuevas generaciones de profesionales que insisten en expresar sus ideas a través de la imagen en movimiento.
Cineastas que creen en algo que parecía una quimera hace unos años: la posibilidad de hacer cine en Canarias, y lo más importante es que lo están demostrando con su esfuerzo.
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