25 de noviembre de 2012

Borau

En el rodaje de Niño nadie, sentado detrás de su
protagonista Rafael Álvarez "El Brujo".
Hubiera preferido no escribir esto. Antesdeayer y ayer estuve sin Internet, sin teléfono y no vi la televisión, ayer por la mañana muy temprano encendí el televisor y leí en esos textos que aparecen debajo de los presentadores que Borau había muerto. No sé escribir sobre sentimientos y además prometí que no usaría este blog para contar asuntos personales que a nadie interesan. Lo siento, pero no puedo evitarlo. Apreciaba a José Luis y gracias a él aprendí algunas cosas que no he podido olvidar, entre ellas el valor de los documentos, recoger y guardar todo aquello que algunas personas creen que no tiene interés y destruirán si alguien no lo impide.
Lo conocí por una casualidad, en su estupendo libro sobre D’Arrast editado por el Festival de San Sebastián, creyó que el arquitecto Lloyd Wright era su padre, el mucho más conocido Frank Lloyd Wright; como entonces yo era más joven e impulsivo, le escribí una carta en la que le comunicaba la errata para que si le parecía bien, la corrigiera en alguna edición posterior, él con una cortesía poco habitual en nuestro país, me contestó agradeciéndome la observación y ahí empezó una amistad que se desarrolló en conversaciones interminables, y en almuerzos y cenas, celebradas casi siempre muy temprano, a horas poco habituales en la Península.
Cuando estaba investigando sobre los directores artísticos españoles le pedí ayuda para el libro de la Academia de Cine, de la que acababa de ser nombrado presidente, y él inmediatamente me encargó unas voces para el Diccionario de Cine Español, que empezaron siendo de escenógrafos y al final llegaron a ser más de cien, abarcando casi todas las profesiones. Después, cuando se presentó mi libro, tuvo la amabilidad de presentarlo, como presidente de esa Academia a la que pertenezco porque él se empeñó. Durante la preparación de aquel diccionario fui a Madrid para ayudar y entre las muchas cosas que podría contar, recuerdo, sobre todo, las oficinas de su productora El Imán, su maravilloso perro Pipo y un encuentro increíble con Mur Oti en su casa, donde terminó diciéndonos que estaba a punto de emprender un viaje a Santa Cruz de Tenerife, nunca llegué a saber si estuvo en “mi” isla.
Sí pude invitar a Borau dos veces a dar conferencias, la primera en el Casino y la segunda el último año que estuve dirigiendo la Filmoteca Canaria, para conmemorar su vigésimo aniversario; recuerdo que habló en el Cine Víctor y me obligó a estar a su lado todo el tiempo en la mesa, para que le indicara cuando debía acabar, evidentemente no hizo falta que le dijera nada. La última vez que vino estuvo en una Feria del Libro en el Parque, firmó ejemplares, hubo un encuentro en una carpa con los organizadores, el Centro de la Cultura Popular Canaria, y después tuvimos una cena inolvidable, lo cual no era raro, porque todas lo eran con él.
Me invitó a sus dos ingresos en sendas academias, pude ir a la de Bellas Artes, pero no en la de la Lengua y nunca dejaré de lamentarloNiño nadie. Continuó llamándome para preguntarme sobre temas relacionados con el cine y la arquitectura hasta hace pocos años, él que había sido un sagaz crítico de Arquitectura en un diario zaragozano y que en un libro reciente tuvo la amabilidad de decir que yo conseguí sus críticas y se las envié, y así pasará a la historia, aunque yo pueda creer que los hechos no sucedieron de esa manera.
Cuando alguien desaparece creo que siempre se recuerda la última vez que uno lo vio y no podré olvidar a Borau saliendo con su bastón de la Residencia de Estudiantes, hace ya varios años, un caluroso verano madrileño, mientras yo estaba entrando para asistir a la fiesta anual, él me echó en cara que ya no lo llamase, le prometí que la próxima vez que fuese a Madrid lo llamaría, no lo hice y lo peor es que ya no podré hacerlo.
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