15 de julio de 2011

Arquitectura de salas

Hace unas semanas se publicaron los cuatro primeros volúmenes del Diccionario del Cine Iberoamericano: España, Portugal y América, editado por la Fundación Autor y el ICCMU pertenecientes a la SGAE. Un trabajo extraordinario, quizás el último diccionario editado en papel, en el que desde 2002 han participado más de cuatrocientos especialistas, dirigidos por Carlos F. Heredero y Eduardo Rodríguez Merchán, y en el que tuve la suerte de ser coordinador del área de dirección artística, así como de Canarias y en el que redacté 127 voces, o sea, 108 folios, casi un libro, incluyendo, por supuesto, directores artísticos, pero también actores del cine mudo, algunos más recientes, estudios cinematográficos y cineastas nacidos en Canarias. En todas ellas descubrí nuevos datos inéditos que dan más interés a una obra como esta, que según se ha anunciado en el futuro tendrá una edición digital, aún más completa y actualizada constantemente.
Entre estas voces creo que es interesante y apropiada para este blog, la de Arquitectura de salas, en la que hice un recorrido por la historia de los edificios destinados a la exhibición cinematográfica en España y cuyo inicio es el siguiente:
Arquitectura de salas. La tipología de los edificios destinados a exhibiciones cinematográficas ha ido evolucionando según se ha ido transformando el propio espectáculo. Los arquitectos que los diseñan están condicionados por varios factores técnicos, como los procedimientos de proyección, su acústica, la visibilidad e incluso las dimensiones de las pantallas. Estos condicionantes no impiden que se hayan ido introduciendo variantes tanto funcionales, en la disposición de las dependencias dentro del edificio, como formales, empleando diversos estilos en sus fachadas y decoraciones interiores.



I. LOS ORÍGENES. Las primeras proyecciones cinematográficas se realizan en locales, como cafés, restaurantes y frontones, que se adaptan para poder colocar una pantalla, un proyector y asientos para el público. Según se va haciendo el espectáculo más popular empieza a mostrarse, a veces con otras atracciones, dentro de barracones provisionales de madera y metal, que se van trasladando a distintas ferias. Estos cobertizos efímeros de diverso tamaño, tienen una fachada llamativa, su cubierta es de lona u otro material flexible y suelen carecer de pavimento. En su interior los espectadores se dividen según su clase social, debido a la separación física entre las localidades más baratas de general, normalmente en bancos corridos, y de preferente sentados en sillas más cómodas. Entre estos barracones hay algunos muy ingeniosos como el Metropolitan Cinemaway o el Wagón Cinema que imitando a un vagón de tren, se usan para que el público vea cintas rodadas normalmente desde tranvías u otros medios de locomoción. Para realizar proyecciones también se utilizan dependencias situadas en teatros, como sus vestíbulos, según va aumentando el interés por el nuevo espectáculo se usan las propias salas teatrales, habilitándose lugares para situar el proyector y colocando lienzos en los escenarios. Muchos teatros con pocas transformaciones se convierten en salas estables, también se modifican otros edificios como el Salón Villa de París (1908) de La Coruña, una sastrería convertida en la primera sala estable gallega.


II. EDIFICIOS PRIMITIVOS. A comienzos del siglo XX surgen las primeras edificaciones estables diseñadas específicamente para exhibir películas. Su tipología no es innovadora respecto a la teatral, excepto por la reducción o desaparición del escenario y la introducción de un nuevo elemento, la cabina de proyección, aislada y con ventilación directa al exterior para prevenir los incendios. La evolución desde la barraca de feria hasta estos edificios, se produce por la necesidad de albergar cada vez a más público en un mismo recinto y su construcción tiene que realizarse con materiales duraderos, sólidos e ignífugos, a causa del temor provocado por los incendios de varios locales, como los ocurridos en 1908 en Bilbao y Ciudad Real. Entre estos primeros edificios están los valencianos Cinematógrafos Caro (1910) y Cine Lírico (1915), el Salón Miramar (1913) donostiarra, y los madrileños Ideal (1916) y Doré (1919). Su estructura está formada por pilares de hormigón o metálicos que habitualmente sostienen una cercha también metálica, sobre la que se coloca una cubierta ligera. La similitud de esta solución constructiva con la usada en las naves industriales, propicia que algunas se transformen para dar proyecciones de un modo estable y habitual.


III. ESPLENDOR DE LAS SALAS. Los años veinte son una época de auge para la construcción de grandes cines. Entre ellos destacan el madrileño Real Cinema (1920) del arquitecto Teodoro Anasagasti, con mil localidades, el Coliseum (1923) de Francisco Nebot con 3.000 localidades, y en Madrid el Monumental (1923) de Anasagasti, el Palacio de la Música (1924) de Secundino Zuazo y Saturnino Ulargui, el Callao (1926) de Luis Gutiérrez Soto, y el Palacio de la Prensa (1928) de Pedro Muguruza, los tres últimos situados cerca entre sí y en el centro de la ciudad, produciéndose una concentración como la de los teatros en algunas ciudades. El Palacio de la Prensa es uno de los primeros edificios de varias plantas que combina el uso cinematográfico en la planta baja, con otros diversos: salas de fiesta en los sótanos, y oficinas y viviendas en las plantas superiores. La aparición del cine sonoro obliga a colocar los aparatos de reproducción detrás de las pantallas y materiales absorbentes en las paredes y techos, estudiando las nuevas construcciones de forma que cumplan con la acústica que requiere la reproducción mecánica del sonido. A pesar de que el espectáculo cinematográfico es aún una innovación, todos los edificios antes citados se construyen con un estilo arquitectónico ecléctico heredado de otras tipologías. A partir de los últimos años veinte se empieza a utilizar un lenguaje más avanzado, racionalista con influencias art-déco. Un buen ejemplo es el madrileño Europa (1928) de Gutiérrez Soto y, sobre todo, el magnífico Barceló (1930), en el que este arquitecto aprovecha un solar con una difícil forma irregular, optimizando el espacio con tal acierto, que su distribución en planta es usada como ejemplo en publicaciones foráneas. Gutiérrez Soto merece ser mencionado además por ser el autor de la reforma de cinco cines, así como por el diseño y construcción de otros veintiuno, como el Cine de la Flor (1928), Royalty (1931), Ronda (1935), Montera (1939), Sevilla (1939), Narváez (1940), Rex (1943), Carlos III (1946), Amaya (1951) y Bulevar (1955) en Madrid; Rábida (1933) en Huelva; Góngora (1930) y Pathé (1932) en Córdoba; Granada (1941) en esa ciudad; el majestuoso Fraga (1944) en Vigo; así como el Levante (1962) y Multicine Lauria (1972) en Valencia. Otros arquitectos también se especializan en proyectar cines, como Antonio Sánchez Esteve, que crea una serie de edificios racionalistas, como el Torcal (1934) en Antequera, Málaga Cinema (1935) en esa ciudad, Almirante (1947) en Almería, así como Gades (1933), Municipal (1935), Imperial (1940) y Teatro Cine Andalucía (1950) en Cádiz. Otros especialistas en estos edificios son Joaquín Rieta al que se le deben en Valencia el Capitol (1930), Tyris (1932) y Valencia Cinema (1933); Mariano Peset autor del Torrefiel (1931), España (1933), Túria (1934) y Museo (1934) también en Valencia, y José Enrique Marrero Regalado, que diseña el madrileño Metropolitano (1930) y en Santa Cruz de Tenerife el Teatro Baudet (1944), Rex (1954) y Víctor (1954). Otro magnífico ejemplo de cine diseñado con un lenguaje avanzado es el madrileño Capitol (1931) de Luis M. Feduchi y Vicente Eced, arquitectos también del Actualidades (1931) de Zaragoza, construido con el mismo lenguaje arquitectónico. Feduchi es además autor de los Capitol del Ferrol (1944) y Cáceres (1946), y Eced del Vergara (1948) y Roxy (1950) en Madrid. También son interesantes edificios racionalistas el valenciano Rialto (1935) de Cayetano Borso de Carminati, el madrileño Roxy (1936) de Casto Fernández-Shaw, autor con Pedro Muguruza del Coliseum (1931) también en Madrid; y un tardío ejemplo en Vigo, el Cinema Radio (1943) de Francisco Castro Represas.
Como siempreen este blog, si quieren seguir leyéndo esta voz, tendrán que hacerlo en el libro impreso.
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