1 de agosto de 2009

Mafia, cine y comida

He encontrado el artículo que publico a continuación perdido en un ordenador. Me lo encargó en 2006 el escritor José H. Chela -al que muchos echamos de menos tras su repentino fallecimiento- para añadirlo en el Menú de unas cenas temáticas que se iban a celebrar en el Hotel-Escuela de Santa Cruz de Tenerife. El artículo no se llegó a publicar, la cena creo que sí se celebró, aunque no recuerdo que me invitaran. En él no se habla de arquitectura, pero podría ser interesante... al menos eso espero. En todo caso es un modesto homenaje a mi apreciado Chela.
Un pequeño restaurante en una ciudad estadounidense, a través de las ventanas se pueden ver sus manteles de cuadros, así como flores y velas encima de las mesas, del techo cuelgan adminículos rústicos y en las paredes han colgado platos de cerámica coloreada; su ambiente es acogedor y familiar, sobre todo, porque el servicio está compuesto por un cariñoso viejecito, cuya mujer, por supuesto también adorable, está en la cocina, preparando las recetas italianas que aprendió de su madre; la mayoría de los comensales son parejas de jóvenes con pocos recursos, encantadas con la oscura intimidad de la que gozan, pero en el fondo del local comen unas cuantos hombres corpulentos y de mal aspecto; súbitamente la paz se ve interrumpida por el tableteo de varias thompsons, los hombres caen ensangrentados al suelo, mientras la cocinera llora desconsoladamente sobre el cadáver de su esposo, abatido por una bala perdida.
Esta puede ser la descripción de una secuencia que forme parte de cualquier película sobre la mafia. Varias generaciones de seres humanos hemos aprendido la mayoría de nuestros conocimientos permaneciendo muchas horas delante de las pantallas de los cines. Si nos preguntan por la mafia, la mayoría diremos que la conocemos, porque inmediatamente nos vendrán a la mente mil imágenes de las películas que hemos visto sobre esta lacra de la sociedad, que se va extendiendo sobre nuestro mundo a una velocidad increíble.
Es importante definir de qué estamos hablando, cuando hablamos de mafia. Cualquiera emplea hoy en día el vocablo aplicándolo a la corrupción generalizada que reina en muchos países, sin embargo, no debemos olvidar que, aunque hay muchas mafias como la yakuza japonesa, la Mafia, con mayúsculas, es un fenómeno nacido en Italia, más concretamente en Sicilia y llevado por los italianos a Estados Unidos, sin este transvase posiblemente hoy sería una manifestación primitiva casi desconocida, pero ya se sabe que el Imperio ha usado al cine para contar particulares historias de su país de un modo tan espectacular, que ha conseguido atrapar a los ciudadanos de todo el orbe, hasta llegar a agotar sus temas, como le ha sucedido al western.
Volvamos a la Mafia, si algo distingue a las películas sobre este fenómeno de las policíacas o de gángsteres, es la familia. El mafioso pertenece a un clan familiar y se desarrolla en su seno, por eso las reuniones de los hermanos, padres, primos y demás parientes, se hacen alrededor de una mesa atiborrada de spaghettis, cocinados por la mamma, situada en el centro del comedor familiar, una habitación que normalmente está decorada con un gusto pésimo, llena de figuras religiosas, varios objetos a cual más kitsch e incluso con efigies de diversos papas, mirando a los comensales desde estampas pegadas en la pared.
Comida que está íntimamente ligada con la muerte producida por un violento asesinato. Recuérdese que en la cinta clave sobre la Mafia, El Padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972), el inocente Michael (Al Pacino) come en su casa, con su hermano Sonny (James Caan) y sus malencarados esbirros, antes de ir a cometer su primer asesinato; en realidad es una venganza contra quienes han intentado matar a su padre Don Vito Corleone (Marlon Brando); la cita es en un restaurante como el que se describía antes, Michael es cacheado y se sienta con otro capo de la mafia, Sallozzo (Al Lettieri), y McCluskey (Sterling Hayden, inolvidable Johnny Guitar), un jerarca de la policía, pero no puede comer por culpa de su cena anterior y pide permiso para ir al cuarto de baño, allí recoge un revólver que está dentro de la cisterna de un retrete, vuelve al comedor y dispara a bocajarro sobre los dos comensales, matándolos.
Otras veces, en otras películas, la violencia es más exagerada y ritual, como cuando desde fuera de los restaurantes varios sicarios ametrallan sin piedad a todos los que están en el local destrozándolo, entonces el rojo de la sangre se mezcla con el de la salsa de tomate, provocando que los comensales no sepan discernir si simplemente se han manchado con los macarrones o han sido alcanzados por las balas de sus agresores.
En ocasiones el crimen no es tan violento, aunque también esté relacionado con la comida. En El Padrino 3º parte (The Godfather part III, 1990), la hermana de Michael, Connie (Talia Shire), antes de entrar a una representación de Cavalleria Rusticana le regala a su viejo padrino Don Altobello (Eli Wallach) sus bombones favoritos, el anciano no puede esperar y en cuanto empieza la obertura, comienza a comer con glotonería, sin embargo, no llega al final de la función, porque cae fulminado a causa del veneno que contienen las golosinas.
Otra de las grandes películas sobre la Mafia es Uno de los nuestros (Goodfellas, Martin Scorsese, 1990), en ella también se destaca la relación entre comida y asesinato, porque está plagada de escenas que abordan el tema de los ceremoniales celebrados alrededor de una mesa; secuencias que también aportan datos sobre los personajes y ayudan a caracterizarlos; entre todas ellas destaca la cena que prepara la madre de Tommy de Vitto (Joe Pesci) para su hijo y sus amigos, Henry Hill (Ray Liotta) y Jimmy Conway (Robert de Niro), una noche que aparecen de improviso en su casa para recoger unas palas, lo que la madre no sabe, o prefiere no saber, es que el grupo de amigos ha dejado su coche en la calle con un cadáver en el maletero y que después de la opípara cena irán a enterrarlo a un bosque apartado con las palas que le han pedido. Lo curioso de esta escena es que la inocente viejecita está interpretada por Catherine Scorsese, madre del director y excepcional cocinera, que volvería a aparecer en Casino (Martin Scorsese, 1995), otra vez cocinando para unos mafiosos, y que antes de fallecer en 1997 llegaría a publicar The Family Scorsese Cook Book, un libro con sus propias recetas.
La comida también es signo de distinción en Uno de los nuestros; cuando por fin encarcelan a Henry y Paul Cicero (Paul Sorvino), logran alcanzar un estatus especial en el penal gracias a su fama criminal y no sólo degustan filetes y langostas, sino que además les explican una técnica especial para cortar el ajo y que se disuelva en la sartén.
Al final de esta película Henry, el protagonista, está escondido en un lugar remoto, ha cambiado de identidad junto a su familia y vive amedrentado porque ha delatado a sus peligrosos compinches. Su última frase se oye en off, con voz apesadumbrada dice: «pedí spaghettis a la marinera y me dieron noodles con ketchup». Su penitencia ha comenzado y le afecta directamente donde más le duele… en la comida.
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