15 de diciembre de 2008

Espacios alienígenas

Inicio del artículo publicado en el libro colectivo coordinado por Antonio José Navarro, El cine de ciencia ficción. Explorando mundos, editado por el Festival de Sitges y Editorial Valdemar.

UN INTRUSO EN EL CAOS. ESPACIOS ALIENÍGENAS

El 19 de enero de 1921 cayó una tormenta sobre Buenos Aires y esa noche entró en La Casa Colorada. Aquel edificio, construido sobre un altozano, con tejados a dos aguas de pizarra y una torre cuadrada con un reloj que había pertenecido a su tío. Al principio le impresionó el olor dulce y nauseabundo y que en el vestíbulo hubieran quitado las baldosas y ahora creciese la hierba. Tras subir por una rampa, se encontró en un gran espacio con unos extraños objetos que no podía describir y ascendió por una escalera vertical a la planta alta, donde descubrió otros objetos que podían ser muebles. Él mismo pensó: «me sentí un intruso en el caos». Decidió bajar por donde había subido… pero mejor dejar que sea él quién lo cuente: «mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y denso y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos».

Así finaliza el cuento de Jorge Luis Borges There Are More Things (1), que su autor denomina «lamentable fruto» (2). Uno de sus aspectos más interesantes es la imposibilidad que tiene el narrador para describir e incluso ver los objetos que están dentro de la casa, «para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones, sus partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos» (3).

Cuando en la planta alta vuelve a percibir otros objetos, piensa «¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche?» (4).

Esta es la cuestión ¿Cómo dar forma a unos seres que no se conocen y pueden ser tan radicalmente diferentes a los seres humanos que incluso nos sea imposible verlos, ni por supuesto concebirlos? La segunda cuestión surge de la anterior ¿Cómo crear un objeto, una arquitectura o una ciudad alienígenas, sin saber cómo son quienes la usan o la habitan?

A pesar de la dificultad, el apasionante objeto de estudio es comprobar cómo el ser humano desde su particular punto de vista ha creado para el cine espacios y objetos que no le pertenecen, teniendo además total libertad para concebirlos, por ser de supuestas civilizaciones que no tienen relación alguna con la nuestra. Incluso el análisis se podría ampliar estudiando la arquitectura de la Tierra a través de la alienígena en la ficción, que ha ido evolucionando en el tiempo siguiendo las pautas de la terrícola.

Los espacios, que no el espacio interestelar, extraterrestres de la ciencia ficción se pueden clasificar de muchas maneras. Aquí se va a hacer según sus moradores, teniendo en cuenta que no puede haber arquitectura sin seres inteligentes y que a través de esa arquitectura se puede entender a quien la ha creado. Georgia McGregor ha escrito que «continuamente la arquitectura del ser alienígena ha sido la arquitectura de la humanidad con la indiscriminada transferencia de suposiciones arquitectónicas. La aplicación de antropometrías a las formas alienígenas, suponiendo una relación entre dimensiones de un extraterrestre y sus edificios, se hizo evidente en las novelas» (5).

Por ello es lógico empezar sabiendo qué forma tendrían los seres extraterrestres. John F. Moffitt ha establecido (6) una tipología iconográfica que puede resumirse en tres tipos, el «casi humano […] con aires de Cristo» por ejemplo Klaatu en Ultimátum a la Tierra (The Day Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), el «viscoso e irreductible, un reptil o un insecto, un cazador de mujeres», como el de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), y por último el extraterrestre «estándar» que serían los de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters in the Third Kind, Steven Spielberg, 1977). Moffit incluye a los numerosos seres alienígenas de Hombres de negro (Men in Black, Barry Sonnenfeld, 1977) en la primera categoría, sobre todo, por su actitud, más que por sus aspectos físicos, pero si se agrupan morfológicamente deberían pertenecer al segundo tipo. Para simplificar, denominaremos a estos tres tipos «Humanos», «Inhumanos» y «Humanoides».

NOTAS: (1) El libro de arena, Alianza, Madrid, 1977. Págs. 39-45. (2) Op. cit., Pág. 102. (3) Op. cit., Pág. 44. (4) Op. cit., Pág. 45. (5) Georgia McGregor, Alien Architecture. The Building/s of Extre-terrestrial Species - Pre-twentieth Century, diciembre de 2004. Pág. 68; Tesis doctoral en http://www.users.on.net/~georgia88/. (7) Alienígenas, Siruela, Madrid, 2006. Pág. 81.

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